Dr. Honoris Causa

Dr. Miguel Bonilla Solis (†)

Miguel Bonilla Solís: magistrado de circuito, profesor univer­sitario, maestro de vida con numerosos discípulos en los tribunales y juzgados en los que ha ejercido la judicatura. Nació el 24 de diciembre de 1942 en la ciudad de Puebla. Por la combina­ción de la prudencia y la fidelidad fue que estudió Derecho: no se animó a decir a sus padres que quería estudiar Ingeniería, porque para hacerlo se necesitaba más dinero, y éste era escaso en una familia donde todos tenían que aportar algo para sostener el hogar. Optó por los derroteros de la jurisprudencia en la Universidad Autónoma de Puebla.

Ya que sería abogado y que a sus padres no podía fallar, se es­forzó por ser buen alumno. Sabía leer, leía bien. Tenía el don de la palabra, oral y escrita. Según sus profesores, se le facilitaban las cuestiones abstractas. No tenía, sin embargo y hasta entonces, voca­ción verdadera hacia ninguna de las facetas de la actividad jurídica. Alguna tarde testificó una conferencia en el Paraninfo, el auditorio universitario. Este acontecimiento marcó su futuro profesional; el disertante habló del derecho, pero en una forma desconocida para el alumno: explicó algún punto de la jurisprudencia judicial con co­nocimiento de causa, con sobriedad, con claridad. El alumno quiso saber no tanto quién era el conferencista, sino qué hacía, a qué se dedicaba. Le dijeron: es un Secretario de Estudio y Cuenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (y después Ministro: Carlos de Silva Nava).

Y eso quiso ser, a eso enfiló toda su energía. ¡Secretario de Es­tudio y Cuenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación! Y no era el cargo, era lo que representaba a la luz de lo que había visto en el auditorio: un jurista. Se tituló el 12 de mayo de 1969 con la tesis La nulidad en el Derecho Civil. La mecanografió su novia, la misma que le anticipó que no habría boda si no había título; se casaron el 16 de junio del mismo año. Un día después, sin luna de miel, el recién titulado como abogado entró a trabajar al Poder Judicial de la Federación como actuario judicial. Tardó cinco años en llegar a la Suprema Corte, a la antigua Cuarta Sala, especializada en la materia laboral.

Había conseguido lo propuesto. Era ya Secretario de Estudio y Cuenta, y era buen secretario, a juicio de sus mayores. ¿Pero era ya un jurista verdadero, por ese solo hecho? Comprendió que no, que el jurista llegaría con el tiempo y con el esfuerzo continuado, el estudio y el trabajo tesoneros. Y supo también que el camino, su camino, sería más largo, y que tendría que ver no con el solo domi­nio técnico de la ciencia jurídica, con ser jurista, sino con impartir justicia, con ser juez, el que discierne entre lo justo y lo injusto y da a cada quien lo que le corresponde, y que de este modo "honraría la vida y los hombres lo honrarían a él, si jamás se veía injusticia en sus sentencias, negligencia en sus preguntas ni ira en sus palabras" (así, tal cual lo escribió Stefan Zweig en Los ojos del hermano eterno).

El alumno quiso entonces ser juez. Y lo ha sido: Juez Primero de Distrito en el Estado de Nuevo León, juez Tercero de Distrito en el Estado de Puebla, Magistrado de Circuito en Tabasco, en So­nora y finalmente en la Ciudad de México, en el Décimo Segundo Tribunal Colegiado en Materia de Trabajo del Primer Circuito. De su paso por esos juzgados y tribunales, no se conoce a nadie que diga que Miguel Bonilla Solís ha sido un juzgador mediocre, así sea en una sola de sus sentencias. Y esto lo debe a un conjunto de prin­cipios básicos, que han convergido en él por carácter, por el amor y respeto que siente por su familia y por el ejemplo de quienes fueron sus mentores directos: los Magistrados Antonio Vázquez Contreras, Mario Gómez Mercado y la Ministra María Cristina Salmorán de Tamayo... Estos principios son: trata al personal fraternalmente, pero exígele lo mismo que exijas de ti; escucha al litigante, porque es tu deber impartir justicia a seres humanos y no meramente re­solver cuestiones plasmadas en papeles; sé solidario con tus colegas en las buenas causas, porque de la unión en lo bueno nace la fuer­za; sé crítico del sistema, pero sólo si eres también propositivo; procura y mantén tu independencia y resguarda la autonomía del órgano que encabezas, porque así es como serás tratado; estudia a profundidad los asuntos, porque así es como podrás ejercer tu in­dependencia, la autonomía, tu libertad.

Aprendió sobre todo que la condición de la independencia judicial es el estudio riguroso.